Desde la retaguardia… afilo las espadas, reviso la posición de mis cuchillos, el estado de mi escudo, las mellas de mi armadura… tenso los músculos de mis piernas para pegar el salto a primera línea de batalla, Todo está preparado, como tantas veces, solo espero que acontezca la señal de ataque, ese segundo que libera la adrenalina y en la que el silencio se rompe por el desenvainar de las espadas y el grito amargo de los corazones de los guerreros. Otra cruzada que no he comenzado y que me toca decidir a golpe de mandoble no para ganar nada…sino para defender lo que tenía.

Esta vez, solo mi corazón me dice que no saldrá bien, y como siempre… no se equivoca… No me esconderé… no tengo miedo, solo tristeza, el buen combate me obliga a dar la cara a sabiendas que van a partírmela, porque aun estando la fuerza de la razón de mi lado no puedo ganar siempre, Mi rival es inferior pero también es bravo y pelea, y reconozco, que si bien sea por impetuoso… algún enfrentamiento necesita ganar… No regalaré nada, acudo como siempre, mi corazón es el único que presiente lo que le van a doler las cuchilladas, y así me lo hace saber. No hay otro camino. Es por ahí.

Rompe un grito el silencio, el acero se libera de su mortaja, los músculos se templan… ¡comienza la batalla! Acudo al encuentro del enemigo hasta que lo tengo frente a frente… hago lo que tengo que hacer, lo que se espera de mi, no fallo, no ataco por la espalda, no doy golpes bajos… mi enemigo lo sabe, ya le he ganado muchas veces. En un lance, brilla un metal innoble… se que me herirá. A traición se me clava en el corazón. Duele, amarga la saliva, nubla la vista… Hinco rodilla en tierra. Miro a mi enemigo, se escabulle entre el caos… es consciente de que ha jugado sucio, era la única forma de ganar. No sabe aún que va más herido que yo… me retiro… no puedo continuar. Vuelvo a retaguardia, a curarme mis heridas. Lloraré de dolor, no solo por el corte del acero, sino por mi enemigo, su minuto de gloria por el afán de vencerme le pesará… y ambos sabemos como y cuanto.

Las señales no se equivocaron y la triste la profecía se ha cumplido. Por mi parte… estoy cansado y triste, pero es el momento de aprender, de recordar las mil victorias con la humildad de saber que de vez en cuando e inevitablemente, hay que perder … muy probablemente esta vez la victoria no hubiera sido ni dulce ni placentera, esta vez… me enseñará más la derrota. Ahora, curaré mis heridas, afilaré mis espadas, repararé mi armadura, remendaré mis botas, practicaré en la lucha, buscaré enemigos mejores que yo, oiré al viento de nuevo, seguiré las señales… soy afortunado, puedo continuar el caminando con la cabeza alta.

Santiago